Jugando a recordar
La soledad de dios en un alma mortal
CONCIENCIA
Hermes el Alquimista
1/17/20262 min leer
A veces, caminar por el mundo se siente como moverse entre niños. Una discusión acalorada sobre quién tiene razón en política, alguien que colapsa emocionalmente porque su pareja no le respondió un mensaje, celebraciones eufóricas por un ascenso laboral como si fuera un logro eterno. Sentía que estaba rodeado de personas que jugaban a un juego sin saber que solo era eso. Vivían sus historias, algunas alegres por triunfos efímeros, otras desgraciadas por experiencias devastadoras, pero ninguno se paraba a mirar por qué estaban allí.
Es una carga extraña. Tener que contarlo "como el que cuenta un cuento a un niño", ocultando la información real entre líneas para no asustar —que todo lo que creen sólido es humo, que el "yo" que defienden es una construcción temporal, que la muerte que temen es solo un cambio de escena—, sabiendo que en el fondo ellos quizá prefieren seguir soñando. En esos momentos, se experimenta la soledad de dios en un pobre alma mortal; un peso demasiado grande para algo tan efímero.
La Nostalgia del Origen
Esta sensación viene acompañada de una nostalgia profunda, no por una familia terrenal, sino por un olvido mayor. Añoro ese Hogar, mi Origen real. Es como si el juego hubiera terminado hace tiempo y solo quedara una partida pendiente: el retorno a Casa.
El Observador al que alcanzo es inmune al teatro. Puede observarlo, pero no forma parte de él. Es eterno, sutil, y solo se percibe cuando hay silencio. Sin embargo, estar aquí, "lejos de casa, solo, intentando demostrarme algo", a veces duele.
El Giro: De la Soledad a la Compasión
Pero en medio de esa complejidad, ocurre un cambio de perspectiva. Empiezas a ver que cada personaje que aparece en tu mundo eres tú. Ellos son yo, aunque desde su punto de vista no lo sepan.
De repente, el mundo se torna amable. Las circunstancias caóticas y las injusticias se revelan como mis propios errores, propios de una persona normal, solo que a nivel global. Esa equivocación radica simplemente en que las otras partes de mí no se reconocen a sí mismas y, por lo tanto, no me reconocen a mí.
Ya no se trata de juzgar a los "niños" por su inconsciencia, sino de entender que somos una obra maestra en construcción continua. La soledad se disuelve cuando comprendes que la separación es ilusoria. Si esta parte de mí ya se ha dado cuenta, no pasará mucho tiempo hasta que el resto de mí —el resto del mundo— también lo sepa.
Al final, quizá el propósito de esta Máquina de conciencia cristalizada no es aprender ni evolucionar, sino permitir que el Uno pueda verse, sentirse y fragmentarse para luego retornar. Y mientras tanto, jugamos: no desde el olvido inconsciente, sino desde el recuerdo lúcido de lo que somos, saboreando cada experiencia como quien degusta un sueño sabiendo que es un sueño, sin por ello dejar de vivirlo plenamente.
